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The Conversation

  • Written by Elena Delavega, Associate Professor of Social Work, University of Memphis
imageLa Ciudad de Mexico, 20 de mayo, 2018. AP Photo/Marco Ugarte

La Ciudad de México es un tazón de polvo, una megalópolis contaminada donde la respiración es difícil y la ropa recién lavada colgada para secarse se pone rígida por la noche. Incluso antes de que la pandemia de COVID-19 comenzara a golpear la capital del país, los residentes regularmente usaban cubrebocas durante las frecuentes contingencias ambientales.

Ahora, la contaminación del aire en la Ciudad de México, que contribuye a las altas tasas de enfermedades respiratorias y cardiovasculares, está haciendo que los 21 millones de personas del área metropolitana sean más vulnerables al coronavirus.

Pero no siempre fue un desastre ecológico y de salud. Como centro del imperio azteca, era verde y diverso. Ya a principios del siglo XX, 45 ríos atravesaban el territorio.

La decisión de enterrar y pavimentar sus ríos, creando la metrópolis árida de hoy, fue un plan del siglo XX destinado a proteger a los residentes de enfermedades, específicamente, el cólera, la malaria y otras transmitidas por el agua a causa de las frecuentes inundaciones.

Orígenes de la Ciudad de México

Soy una erudita que estudia la pobreza con un enfoque en las áreas urbanas, y la Ciudad de México es mi ciudad gris de concreto. La relación entre su geografía, su historia, y los resultados de salud es relevante hoy, ya que la ciudad lucha con su último brote de enfermedad.

La CDMX fue fundada por los aztecas, pero que se autodenominaban Tenochcas, en 1325. Los aztecas construyeron su ciudad sobre una roca en el lago de Texcoco, principalmente porque los lugares más importantes a lo largo de la costa ya estaban ocupados.

Para 1427, los poderosos aztecas habían derrotado a sus vecinos a orillas del lago y habían construido una brillante capital que abarcaba el lago. La ciudad, llamada Tenochtitlán, fue construida en medio del agua por el desarrollo de “chinampas”, pequeñas parcelas en el lago llenas de escombros, cerámica, y tierra para crear tierra sólida, con canales que fluyen a su alrededor.

El principal cronista de la colonización española de México, Bernal Díaz del Castillo, describió a Tenochtitlán como entrecruzado por maravillas de ingeniería como calzadas y puentes extraíbles, y lleno de palacios “espléndidos”. Díaz del Castillo cuenta que el mercado de la ciudad era más grande y mejor regulado que los de Constantinopla o Roma. Como en el imperio romano, los acueductos abastecían a la ciudad de agua dulce.

imageRéplica de Tenochtitlan, con sus calzadas y canales.Randal Sheppard/flickr, CC BY

Tenochtitlán se parecía a Venecia, espléndido, y tenía los mismos problemas de salud, como agua contaminada, mosquitos, y olores desagradables. Pero los aztecas manejaban bien la ciudad y evitaban las inundaciones. Sus diques y vías fluviales permitieron que floreciera una gran diversidad de plantas y animales, y el sistema agrícola con ‘chinampas’, en el que la tierra se reponía con tierra dragada del fondo del lago, era uno de los más productivos que el mundo haya conocido.

Incompetencia española

Esa buena gestión urbana terminó con la conquista española en 1521. Tenochtitlán fue destruido, sus palacios y calzadas se convirtieron en escombros en el fondo del lago.

Los españoles no entendían la ecología acuosa del área, ni entendían ni respetaban la ingeniería azteca. Para reconstruir su capital, comenzaron a drenar el lago.

Esta estrategia condujo tanto a la sequía como a un suministro de agua inadecuado durante la mayor parte del año. La temporada de lluvias, sin embargo, trajo enormes inundaciones. En 1629, se dice que la peor inundación en la historia registrada de la Ciudad de México duró cinco años y mató a más de 30 mil personas debido a ahogamientos y enfermedades. Según los informes, las iglesias celebraron misas en los tejados.

La temporada de lluvias convirtió partes de la ciudad en pozos negros, engendrando enfermedades transmitidas por el agua como el cólera y la malaria, así como la meningitis. Las enfermedades gastrointestinales también asolaban a la población, porque los residentes usaban los ríos de la Ciudad de México para arrojar basura y desperdicios. Los cuerpos humanos y de animales flotaban en las aguas estancadas, emitiendo un terrible hedor.

imageCanales en Xochimilco, un barrio de la Ciudad de México donde las vías fluviales siguen sin encubrir.Werner Forman/Universal Images Group/Getty Images

México ‘en lo profundo’

México se independizó de España en 1810. Para enfrentar de una vez por todas sus problemas de inundación, los líderes de la ciudad decidieron en la década de 1890 canalizar la lluvia, las aguas de inundación y las aguas residuales lejos de la ciudad a través de un canal de desagüe o drenaje de 48 kilómetros.

Alrededor de este tiempo, la población de la capital comenzó a explotar. La Ciudad de México tenía 350,000 residentes en 1900 y 3 millones en 1950. Para la década de 1930, su novedoso sistema de saneamiento ya era insuficiente. Además, los residentes todavía usaban los numerosos ríos de la Ciudad de México para lavar la ropa, como pozos de basura y alcantarillas.

En 1938, el arquitecto Carlos Contreras propuso encerrar tres ríos contaminados, el Piedad, el Consulado, y el Verónica, y convertirlos en un viaducto gigante para evitar inundaciones, enfermedades y muertes. Las condiciones políticas no permitieron que esta idea avanzara en ese momento, pero la idea de poner las sucias vías fluviales de la Ciudad de México en enormes tuberías y enterrarlas se mantuvo viva.

Durante las siguientes décadas, los ríos comenzaron a ser subterráneos. Entre 1947 y 1952, la mayoría de los 45 ríos de la Ciudad de México fueron canalizados en tubos gigantes, enterrados y pavimentados. Hoy en día, estos ríos solo son visibles en los nombres de las calles que los atraviesan: Río Mixcoac, Río Churubusco, y otros.

Cuenco de smog

Este sistema le dio a la Ciudad de México de mediados de siglo la suficiente capacidad de alcantarillado, carreteras, y edificios para atender a su población. El mal olor y las condiciones insalubres también disminuyeron, porque la gente no podía tirar basura en las vías fluviales cubiertas.

Pero sin sus ríos, la Ciudad de México se secó y se volvió polvorienta. Y debido a su geografía, ubicada en una meseta, rodeada de montañas, el polvo no pudo escapar. La Ciudad de México está en un recipiente que atrapa todo lo que flota en el aire.

imageRuinas de Teotihuacan, en las afueras de la Ciudad de México, 19 de marzo, 2020.AP Photo/Rebecca Blackwell

A partir de la década de 1980, el número de automóviles aumentó a millones, atrapando también la contaminación. Hoy, la Ciudad de México es conocida por su smog y por las terribles consecuencias para la salud que trae la contaminación, incluidos el asma y las enfermedades cardiovasculares.

El brote de coronavirus no fue causado por el aire contaminado. Pero la mala calidad del aire de la ciudad, junto con el hacinamiento y otros factores relacionados con la pobreza, crean las condiciones para que COVID-19 enferme gravemente y mate a más personas.

Al tratar de eliminar las enfermedades transmitidas por el agua, la capital del país terminó ayudando a un virus en el aire a encontrar más huéspedes. Es una ironía de la historia que los aztecas seguramente llorarían.

Este artículo fue traducido por El Financiero

Elena Delavega no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Authors: Elena Delavega, Associate Professor of Social Work, University of Memphis

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